lunes 16 de marzo de 2009

Relaciones cibernéticas humanas

Desde el altar académico, muchas veces se infravalora y menosprecia el papel activo de los actores sociales del mundo cotidiano, esto es, lo que algunos denominan personas normales, del día a día. Si han tenido la posibilidad de leer El queso y los Gusanos, de Guinzburg, entenderán lo prodigioso que puede ser un individuo tan corriente como el molinero de un pueblo. A razón de esta monografía, cabe recordar cierto debate generado acerca de su contenido: ¿Es posible reconstruir el pasado a partir de la cosmovisión de un único individuo?

Quizás, en el fondo de las críticas suscitadas, podemos encontrar la reticencia del mundo académico a considerar que, en la vida cotidiana, existen individuos maravillosos y prodigiosos. Si pensamos un poco, seguro que todos reconoceremos a uno o a varios de estos individuos. Yo conozco varios. Pero hoy recuerdo, quizás debido a la cercanía de su cumpleaños, a una persona en particular. Se trata de un preventista de un conocido producto, que, como él mismo dice, es especialista en las relaciones cibernéticas humanas. Sucedió que, un día, me explicó las diferencias sociológicas y emocionales de los distintos tipos de clientes; y de cómo, según los distintos tipos de comportamientos, se podía averiguar si el cliente era o no favorable al trato.

Concretamente, este especialista del comportamiento humano, evidentemente, sin ningún Master, estableció que aquellos clientes que reaccionaban de una forma seca y sosegada, eran más difíciles de convencer que aquellos que lo hacían mediante aspavientos y maldiciones. Con el tiempo, esta lección acerca de una de tantas pautas del comportamiento social actual, me ha servido, quizás, más que la lectura de infinidad de libros y artículos. La moraleja, si la hay, es la toma de conciencia acerca de la importancia de la vida cotidiana y sus actores inmediatos. Desgraciadamente, lo cotidiano no logra atraer toda la atención que debería entre los políticos, los periodistas y los estudiosos de lo social; que, en gran medida, siguen contemplando el panorama cotidiano desde los altares de sus respectivos mundos.

miércoles 28 de enero de 2009

Rodeado de chatarra...

En una esquina cualquiera de mi casa, cuya forma nunca importó, me encuentro arrinconado, rodeado por kilos y kilos de chatarra. Sí, chatarra; así defino, quizás desde la incomprensión y la inadaptación, a todos los cacharros de la vida diaria: lavadoras, sanwicheras, ordenadores, freidoras, televisiones, videojuegos, etcétera; tan útiles y tan inútiles; lo son todo pero no son nada; sólo un amasijo de cables al que alguien dotó de falsa utilidad. Pero empecemos por el principio, pues este es el final, y los cuentos de verdad, los que gustan a la gente, empiezan siempre por el principio, por el comienzo; aunque todo comienzo no es más que un fin, ¿o no?. Sucedió que, aunque vivía felizmente rodeado de todos estos cacharros, que me lavaban, fregaban, aconsejaban, mostraban el mundo y me conectaban a él, cortaban las uñas, peinaban, afeitaban y un largo etcétera, un día todo cambió. La chatarra cobró vida; o eso creo.

Quizás me esté volviendo loco y ya no distinga realidad de irrealidad, verdad de mentira, veracidad de falsedad; pero lo cierto es que todos aquellos cachivaches me observaban; clavaban sus vacíos botones, luces e interruptores en mi nuca; podía sentir como las ondas magnéticas se revolvían en su interior, como los cables, los microchips y las soldaduras de estaño se deshacían y recomponían. Me odian; siempre me han odiado, ahora lo sé. La aspiradora me tiende el cango cuando paso junto a ella, el ordenador se me cuelga a placer, la máquina de afeitar me corta la cara, el lavavajillas me rompe la losa... ¡Demonios, la chatarra ha cobrado vida y viene a por mí! En ese momento pensé que no iba a ganarme, que yo era superior a todo aquel montón de chatarra. De uno en uno, rompí todo objeto electrónico; a veces provocando cortocircuitos, a veces cortando cables, a veces golpeándolos contra el suelo. No funcionó. ¡Volvían! Eran nuevamente comprados. ¡Me había ganado; la chatarra me había ganado!.

Así fue como acabé en una esquina, en un pequeño rincón de mi casa, sólo, asustado, compungido... Desde esa esquina, mi única esquina, escribo estas palabras con un lapiz mohoso y un folio amarillento. Conseguí rescatar libros de la basura, de la casa de algún anciano o de los basureros de las antiguas bibliotecas; ahora son mi única compañía, lo único que le queda a este pobre inadaptado. Acorralado en esta esquina, y sin aparatos de comunicación, ya no puedo hablar con nadie; las pesonas ya no hablan, al menos no sin un intermediario electrónico, al menos no sin un cacharro de por medio. Sólo es ahora, cuando las malditas máquinas me han vencido, cuando comprendo lo necesarias que son; o mejor dicho, lo necesarias que las hemos hecho. Putas máquinas; puta chatarra...

miércoles 21 de enero de 2009

Opinión pública y política

Afirmó Pierre Bourdieu en "La opinión pública no existe", que ésta es sólo una falsa ilusión, un mecanismo interesado de los grandes medios de comunicación de masas y de los grupos de poder, a menudo estrechamente vinculados, para influir en la sociedad. No olvidemos, que los grandes medios de comunicación de masas tienen la capacidad para seleccionar, filtrar y manipular la información; proceso, ideológicamente intencionado, que realizan en base a la propiedad de los medios tecnológicos y financieros que posibilitan la difusión de mensajes comunicativos. De esta forma, los medios de comunicación crean opinión pública. No obstante, no sólo los medios de comunicación crean opinión pública, aunque otros organismos, como las instituciones, suelen ampararse en algún medio de comunicación para generar opinión pública.

JuanMiguel, en sus constantes escritos, genera opinión pública; Rafael Yánez, o a quien quiera que competa el asunto, al no retransmitir los plenos, genera opinión pública; la revista amarilla "Las Cuatro Esquinas, genera opinión pública; un servidor, mismamente, genera opinión pública. La selección y filtrado de los mensajes que transmitiremos públicamente tienen un valor. JuanMiguel lo sabe; Rafael Yánez también. Ni uno ni otro pueden difundir mensajes contrarios a sus líneas de actuación y a sus intereses políticos; por el contrario, se esforzarán en seleccionar aquella información más nociva para su contrincante, sin que su propio discurso resulte dañado. Así se crea la opinión pública, dicho de forma vaga claro.

La diferencia, en mi opinión sustancial, es que, mientras JuanMiguel crea opinión pública en un medio privado, Rafael Yánez y su equipo de gobierno utilizan los resortes institucionales para generarla; lo que se agrava con la no-retransmisión de los plenos municipales, que genera opinión pública de forma negativa, es decir, ocultando información. Sin embargo, no crea el lector que estoy haciendo un elogio pseudo-liberal a los medios privados de comunicación; ya que, hoy por hoy, sus efectos son más nocivos que los institucionales. Pero en el ámbito municipal, es indudable que este blog no ejerce influencias perversas, y que todo el mundo puede, en principio, participar.

Por todo ello, y para ir acabando, creo que Rafael Yánez debería repensarse seriamente la no-retransmisión de los plenos municipales, pues es posible que afecte negativamente su percepción ante el público. Sí, público. En esta sociedad red, en plena era de la información, los electorados, los consumidores, los profesionales e incluso los criminales son, antes que nada, públicos. Y si no, atiéndase a las campañas electorales de los últimos tiempos, donde la publicidad, la propaganda y el eslogan han sustituido al mitin y al programa electoral. Rafael, retransmite los plenos "porfi"

martes 13 de enero de 2009

Breve reflexión acerca de la nación y el nacionalismo (II)

Terminamos el anterior ensayo haciendo referencia a la imposibilidad de concebir o experimentar la nación, así como sus lazos de identidad e identificación (sentimientos nacionales), antes de la Ilustración y las Revoluciones liberales. Es posible que tal afirmación haya indignado e indigne a muchos. Sobre todo a aquellos que tienden a identificar o igualar mito nacional y génesis nacional. A lo largo de la siguientes líneas, trataremos de explicar la afirmación con la que cerramos el artículo anterior.

Para empezar, hemos de tener en cuenta que la nación y el nacionalismo no pueden ser entendidos sin los procesos y mecanismos de identidad nacional. Entendemos por identidad nacional aquellas fórmulas y lazos de identificación del grupo/sujeto con los mitos nacionales. La identidad nacional es una fórmula específica de identificación, que se caracteriza por identificar al resto de los nacionales como "iguales" en tanto que nacionales; por lo tanto, hablamos de un mecanismo de identificación de tipo horizontal o igualitario. En una sociedad corporativa o estamental, los lazos de identificación nacional no serían, por tanto, concebibles, puesto que no existe una "igualdad" entre todos los nacionales. En dicho tipo de sociedad, todo un entramado legal-corporativo separa y subdivide progresivamente a los individuos; de tal manera, antes que nacionales, los miembros de la sociedad son parte de la nobleza, del clero o del tercer estado, con gran cantidad de subdivisiones legales internas dentro de cada grupo. La nación española es inconcebible en 1512 puesto que al hablar de una sociedad estamental, donde los lazos de identidad son verticales, no puede darse una identificación de tipo nacional entre los miembros de la Monarquía hispánica, ya que prevalece la pertenencia al estamento y subgrupo estamental. No obstante, sí que existe un mecanismo identitario de tipo horizontal, que sería el religioso, pero sus implicaciones distan bastante de lo que entendemos por identidad nacional.

Analicemos un pequeño fragmento de Sieyés para comprender las diferencias entre una sociedad vertical y una horizontal (legalmente) y su relación con la identidad nacional:

"¿No es evidente que la nobleza tiene privilegios, dispensas, incluso derechos separados de los del gran cuerpo de ciudadanos? Por esto mismo sale de la ley común y por ello sus derechos civiles lo constituyen en pueblo aparte de la gran nación (...) [la nobleza] Es ajena a la nación por principio, puesto que consiste en defender no el interés general; sino el particular."

Así pues, no podemos hablar de identidad nacional, ni de nación o nacionalismo, antes de la formulación y posterior institucionalización de la igualdad legal. Esta, en mi opinión, es la principal característica de la identidad nacional; ya que, sin una sociedad horizontal, esto es, una sociedad compuesta por individuos iguales ante la ley, es inconcebible la existencia de la nación, del nacionalismo o de las identidades nacionales. Sin embargo, ya el lector habrá comprobado que la formación de las naciones o de las identidades colectivas no son fenómenos idénticos. Para Sieyès, siguiendo con el mismo ejemplo, la nación es "un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y representados por una misma legislatura". Hoy, en pleno siglo XXI pocos serían los que se identifiquen con esta afirmación. Más aún, identidades o sentimientos nacionales como el catalán, el saharaui o el kurdo, carentes de Estado, serían no sólo inexplicables sino incoherentes. En el siguiente artículo trataremos de desbrozar levemente esta problemática.

jueves 8 de enero de 2009

Reflexiones acerca de la nación y el nacionalismo

En torno a principios de Diciembre, tuve una acalorada aunque pacífica discusión con el profesor de sociología Francisco Déniz, asiduo articulista del diario La Opinión y político nacionalista. El tema que suscitó la discusión fue la nación y el nacionalismo. Las tesis defendidas fueron, por su parte, la concepción de la nación como entidad objetiva, natural; la mía, la contraria, es decir, la nación no como entidad objetiva sino objetivada, por lo tanto, no existente hasta su formulación. Veamos sus implicaciones.

Como buen nacionalista, el profesor Déniz, al que tengo en alta estima, cree en las característas inmanentes, esto es, ontológicas, de la nación. De esta forma, la nación preexiste a su formulación, está ahí, esperando ser "desbloqueada" por los nacionales que adquieran conciencia de la misma. Del mismo modo, cae en el error, en mi opinión, de confundir las causas de la formación de las naciones con los mitos nacionales. Me explico. La pervivencia del elemento aborigen, independientemente de cómo la juzguemos, no es el origen de la nación canaria sino uno de tantos mitos nacionales. Del mismo modo, la presunta Unidad de España de los Reyes Católicos es un mito nacional, no la causa o el origen de la nación española. Por lo tanto, los símbolos nacionales, como las pintaderas, no son tales hasta que son formulados, como bien argumenta y justifica el historiador Eric J. Hobsbwam en su obra La invención de la tradición. Muy al contrario, ya dentro de mi tesis, la nación no es desbloqueada, sino creada. Como acabamos de ver, la nación no surge a partir de los mitos, las tradiciones milenarias o los remotos pasados, aunque éstos jueguen un papel clave en la formación de la conciencia nacional, sino en el momento justo de la formulación de la misma; es decir, las causas que llevan a pensar y experimentar una nación o un sentimiento nacional se encuentran en el mismo momento de su formulación, no antes. De esta forma, tendríamos que fijar el nacimiento de la nación canaria en torno a la segunda mitad del siglo XX, alrededor de los años 60 y 70; ya que, si bien es cierto que la nación canaria fue formulada a finales del XIX y principios del XX, por figuras como Secundino Delgado, también lo es el hecho de que fue una corriente marginal; tal es así, que en la II República no existe en Canarias un partido nacionalista canario que se presente a las elecciones y obtenga respaldo, al contrario de lo que ocurría en Cataluña o País Vasco

Si, como defiende mi tesis, la nación no preexiste a su formulación, la prioridad a la hora de estudiar la nación y el nacionalismo no radica en la justificación o negación de sus símbolos nacionales, sino en descubrir cuándo y por qué es formulada dicha nación. A tal argumento, el profesor Déniz respondió preguntándome si la China de hace 2000 años no era una nación; a lo cual, evidentemente, respondí con un rotundo no ante su sorprendida mirada. ¿Por qué? Sencillo. Si bien la formación de las naciones no es un hecho único en el tiempo y en el espacio - todo lo contrario, es un suceso muy dinámico -, sí que tiene un momento espacio-temporal de partida que es la Ilustración y las Revoluciones liberales, antes del cual no puede existir ni la nación ni el nacionalismo en su sentido moderno; más aún, ni siquiera podrían ser pensadas o concebidas. A este por qué contestaremos en otro artículo, ya que éste se nos alarga irremediablemente.

lunes 29 de diciembre de 2008

Nación y Sociedad: de adjetivos a sustantivos

Si existen dos conceptos que encierran un profundo significado en el desarrollo del discurso y la práctica moderna, sin duda serían sociedad y nación; aunque también pueden ocurrírsenos otras como revolución, economía, solidaridad o bienestar; recientemente, tendríamos que calibrar la ascensión del concepto terrorismo. Como ya hemos comentado en algún artículo (etiquetados como 'discurso'), las palabras no son inmanentes o eternas, sino que su significado se transforma a lo largo de su "vida"; es decir, modifican su morfología, pierden ciertas cualidades para adquirir otras, adquieren nuevos significados, etcétera; pero, sobre todo, y lo que más nos interesa, su uso social varía. Un concepto como pobreza, por ejemplo, aún conservando idéntica morfología y semántica, tendrá una significación social distinta; esto es, la carga simbólica, lo que queremos expresar cuando decimos pobreza, probablemente no sea lo mismo si el concepto es usado en 2008 que en 1920; más aún, dentro de un mismo espacio temporal, pongamos 2008, el concepto adquirirá diversos matices en España, en Dinamarca, en Birmania o en UU.EE; incluso, dentro de un mismo marco social, pongamos la sociedad española, el concepto pobreza adquirirá diversos matices y significados dependiendo de qué actor social lo use. Por lo tanto, no olvidemos que las palabras, los conceptos, no sólo son su carga semántico-morfológica, sino que hunden sus raíces tanto en la experiencia como en el ideario colectivo del entorno que la usa y la practica

A razón de ésto último, podemos acudir a Pierre Bourdieu, donde, en Tomar los conceptos con pinzas históricas, afirma: "Siempre deben tomarse los conceptos de la historia (o de la sociología) con pinzas históricas... (...) ... no es suficiente con emprender una genealogía histórica de los términos tomados aisladamente: es necesario, para historizar verdaderamente los conceptos, hacer una genealogía sociohistórica de los diferentes campos semánticos (históricamente constituídos) en los que, en cada momento, se inserta toda palabra hallada y los campos sociales en los que han sido producidos, así como en los que circulan y son utilizados" (1)

Como argumenta Bourdieu, "los campos sociales" que producen la génesis y el desarrollo del concepto son fundamentales para entender su uso; esto es, un concepto jamás puede ser deslindado del marco social específico e histórico que le dota de significado y le da forma. Esto es importante para entender el hilo conductor del presente ensayo. Aparte, hemos de tener en cuenta que los conceptos forman redes o campos semánticos de entendimiento, sin los cuales no es posible la comunicación. Esto es bastante importante. Los conceptos, sobre todo aquellos que tratan de dar forma a entes virtuales, es decir, no palpables, no significan nada por sí mismos, sino que es su campo semántico el que lo dota de significado. Fascismo, por ejemplo, evoca una realidad abstracta; pero, a través del campo semántico anexo, compuesto por otros conceptos que implican antagonismo, similutud, asociación o sustitución, el término fascismo adquiere significado; de tal forma, democracia, libertades, derechos del hombre, totalitarismo, dictadura, clase, nación, racismo, holocausto, asesinatos, libertad de expresión o anti-comunismo, serían parte del campo semántico del concepto fascismo. Indistintamente, conceptos como sociedad o nación portan sus propios campos semánticos, sin los cuales no pueden ser ni entendidos ni explicados.

Pero el asunto que nos compete hoy es mucho más concreto, aunque sin variar la línea explicativa: el paso de conceptos como nación o sociedad/social de adjetivos a sustantivos; ya que en dicho proceso, sobre todo en su objetivación, es donde los términos sociedad y nación adquieren su significado actual. El porqué hemos seleccionado estos conceptos y no otros, radica en el destacado papel que ambos juegan en el ideario colectivo de nuestra sociedad; pudiéndo encontrarlos tanto en conversaciones cotidianas u ordinarias, en el discurso político -oficial y extraoficial-, en las noticias, en la prensa, en el grueso de la 'ingeniería social', etcétera; más aún, son conceptos que a lo largo de los últimos doscientos años han motivado a millones de personas a la movilización, la exaltación e incluso la violencia. Por ello, queremos llamar la atención, siquiera brevemente, acerca de la importancia que supone desentrañar la formación de ambos conceptos, pues creemos supone un avance en el entendimiento tanto de los términos como de las consecuencias de su uso; de hecho, podemos comprender e incluso explicar la confusión que conceptos como nación han generado y generan en el día a día.

El proceso de sustantivación de estos conceptos tuvo lugar en torno a la formación del imaginario social moderno, que no explicaremos aquí. A través de diversos mecanismos, cuyas motivaciones parten de las raíces mismas del pensamiento ilustrado, adjetivos como sociedad pasan a ser sustantivados; donde, además, adquieren objetividad y leyes propias. ¿Por qué? En el artículo de Mary Poovy, Lo social y el sujeto civil liberal en la filosofía moral británica del siglo XVIII, parece ponerse en relación con la pérdida o ineficacia de la legitimación providencialista para mantener las estructuras sociales. De tal forma, la autora afirma "que lo social desempeña, para las teorías modernas, el mismo papel que, para los filósofos de una época anterior, desempeñaba la providencia: lo social explica por qué estas relaciones son necesarias o naturales, y no arbitrarias o simplemente la proyección de un espejismo. El concepto de lo social [...] cumple en última instancia la función de legitimar un orden social que ya no es visto como teniendo una base providencial" (2). La idea no parece dificil de creer; imaginemos la ruptura que tuvo que suponer el desmoronamiento de todo un sistema de legitimidad social. Y es aquí donde adjetivos como nación o sociedad, pasaron de describir o calificar a constituirse en estructuras objetivas regidas por leyes naturales propias e inmanentes.

Todo esto que venimos afirmando conlleva serias implicaciones. Miguel Ángel Cabrera Acosta, en De la Historia Social a la Historia de lo social, afirma que "conceptos como economía, clase o nación [podemos incluir también sociedad], no remiten a entidades objetivamente existentes, sino que son componentes del proyecto moderno" Por lo tanto, "la sociedad [también la nación] es una invención, no un descubrimiento. Es una representación del mundo instituida en práctica, no simplemente un hecho objetivo bruto. Sociedad es la construcción conceptual de la interdependencia humana que nos legó la Ilustración" (3). Si damos esto por cierto, nos encontraríamos a un paso de afirmar que conceptos como nación o sociedad, cuyo significado y significante sostienen en buena medida tanto las bases de nuestro mundo como la legitimidad de gobiernos y la acción de los agentes económicos, son sólo un invento fruto de la modernidad. La pregunta es: ¿podríamos 'existir', perviviría el orden y el consenso social, si estos supuestos, como nación o sociedad, se derrumbasen o perdiesen su significado?


(1) En "Sur les rapports entre la sociologie et l'historie" p. 116
(2) En "Más allá de la Historia social"; nº62, Ayer, 2006; p. 140
(3) En ídem; p. 170

domingo 28 de diciembre de 2008

El concepto de plusvalía (explicación de Engels)

Ahora, para terminar, un fragmento de Engels que, basándose en Marx, explica el concepto de plusvalía...

"Ahora bien, ¿qué ocurre después de que el obrero vende al capitalista su fuerza de trabajo; es decir, después que la pone a su disposición a cambio del salario convenido, por jornal o a destajo? El capitalista lleva al obrero a su taller o a su fábrica, donde se encuentran ya preparados todos los elementos necesarios para el trabajo: materias primas y materiales auxiliares (carbón, colorantes, etc...), herramientas y maquinaria. Aquí, el obrero comienza a trabajar. Supongamos que su salario es, como antes, de tres marcos al día, siendo indiferente que los obtenga como jornal o a destajo. Volvamos a suponer que, en doce horas, el obrero, con su trabajo, añade a las materias primas consumidad un nuevo valor de seis marcos, valor que el capitalista realiza al vender la mercancía terminada. De estos crea un valor de seis marcos, paga al obrero los tres que le corresponden y se guarda los tres restantes. Ahora bien, si el obrero, en doce horas, crea un valor de seis marcos, en seis horas creará un valor de tres. Es decir, que con seis horas que trabaje resarcirá al capitalista el equivalente de los tres marcos que éste le entrega como salario. Al cabo de seis horas de trabajo, ambos están en paz y ninguno adeuda un céntimo al otro.
-¡Alto ahí!- grita ahora el capitalista-. Yo he alquilado al obrero por un día entero, por docehoras. Seis horas no son más que media jornada. De modo que ¡a seguir trabajando, hasta cubrir las otras seis horas, y sólo entonces estaremos en paz!. Y, en efecto, el obrero no tiene más remedio que someterse al contrato que 'voluntariamente' ha pactado, y en el que se obliga a trabajar doce horas enteras por un producto de trabajo que sólo cuesta seis horas...
Tal es el régimen económico sobre el que descansa toda la sociedad actual: la clase obrera es la que produce todos los valores, pues el valor no es más que un término para expresar el trabajo, el término con que en nuestra actual sociedad capitalista se designa la cantidad de trabajo socialmente necesario, encerrado en una determinada mercancía. Pero estos valores producidos por los obreros no les pertenecen a ellos. Pertenecen a los propietarios de las materias primas, de las máquinas y herramientas y de los recursos anticipados que permiten a estos propietarios comprar la fuerza de trabajo de la clase obrera. Por tanto, de toda la cantidad de productos creados por ella, la clase obrera sólo percibe una parte"

F. Engels: Introducción a la edición de 1891 del estudio de C. Marx: Trabajo asalariado y capital, 1847